Why we fight (2005) – Eugene Jarecki

Qué me tragué: Why we fight (2005) de Eugene Jarecki. El primero de una serie de documentales que buscan respuesta a la pregunta de su título. Una radiografía al pensamiento belicista estadounidense desde la Segunda Guerra Mundial hasta el presente apoyado en el discurso de despedida de Eisenhower de 1961.

Porqué: porque tras leer la sinopsis en internet y conseguirla online me pareció interesantísima.

Qué tal digestión hice: soberbia. La cinta comienza con el aleccionador discurso de Eisenhower en el que pronosticaba el peligro del llamado “complejo militar industrial” y el poder que dicho establishment podría ejercer en el futuro sobre el sistema y el pueblo. La película cuenta con hechos y testimonios de ex agentes de la CIA, del FBI y del Gobierno, cómo USA ha gestado su necesidad de poder en la expansión y el mantenimiento del imperio. Se habla de Irak, del 11-S y de la búsqueda de generar guerras para alimentar la maquinaria. Lo mejor del documental es que no hay ningún punto conspiranoico sino que sólo muestra sin ser capcioso, dando igual voz a los dirigentes que creen en esa idea expansionista de defender la “libertad” como a los descreídos.

Nota: se puede ver on-line a través de Google videos en http://video.google.com/videoplay?docid=9219858826421983682

Qué hubiera dicho mi madre: pero a ver… Esto ya lo sabíamos todos… Bueno, igual los americanos no, porque como son imbéciles… ¿Tú les oyes? Dicen que invaden países para darles libertad. Libertad de qué. Si ni saben qué coño dicen, siempre con su puta banderita y su arrogancia… Ay, paro que me pongo mala.

Puntuación: 7,5 / 10

 

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The abominable Dr. Phibes (1971) – Robert Fuest

Qué me he tragado: El abominable doctor Phibes (1971) de Robert Fuest. Tras una fallida operación en la que su mujer muere, el doctor Phibes decide vengarse de todos los partícipes de dicha intervención quirúrgica, orquestando un plan asesino basado en las plagas del Antiguo Testamento.

Porqué: compré un pack de serie B que la incluía y por Vicent Price.

Qué tal digestión hice: extraña. Se trata de un slasher en toda regla con un paradigma extraño y descolocante: todo se centra en la venganza y se olvida la verosimilitud de la misma. Vicente Price, ya muy viejo, encarna a un tipo al que creían difunto (ojo a los efectos de maquillaje) y cuyo único afán es vengarse. La película es puramente eso, no tiene más sentido. Por el medio quedan unos personajes planos: los detectives que van siempre un paso por detrás y las víctimas, los cirujanos que van cayendo como moscas, uno de los cuales, el Dr. Vesalius, es un anodino Joseph Cotten. Lo mejor de la historia es su iconografía kitsch y ciertos momentos de terror gótico (Phibes de espaldas tocando el órgano, su capa, la guarida que es su casa). Por todo ello podría haber reminiscencias al más loco Ed Wood, pero con sobriedad y con un hilo argumental, la venganza, que remite a la fantasía Poe y a cierto tono cormaniano, Price mediante. Viendo que la película es del 71 se entienden dos cosas. Primero, que es imposible no pensar en El fantasma del paraíso (De Palma, 1974) con ése monstruo con casco tocando el teclado. Y segundo, que hay momentos extrañamente “Lynch” en las coreografías, lo absurdo y la escenografía propiamente dicha. Sobre todo en lo que respecta a la mansión de Phibes, que parece un remedo del escenario de Eraserhead (Lynch, 1977). Si esta película se hiciese en nuestro tiempo, y salvando la complejidad y diferencias de ¿guión?, sería Inland Empire (Lynch, 2006) cruzada con las diferentes entregas de la saga de terror gore Saw en lo que a métodos de tortura y asesinato se refiere. Presten especial atención a la ayudante del villano, toda abnegación y cutrerío, a la orquesta de automátas que acompaña al gran órgano y a todos esos pequeños detalles que constelan la película y nos hacen sonreír en los momentos que parecen menos oportunos.

Qué hubiera dicho mi madre: me parece una patraña esta peli. Es como las que ponían en el cine de la esquina cuando tu padre y yo éramos jóvenes. Que pagabas 5 duros y veías 2 o 3 pelis de estas… Que luego ni las veías, porque ibas al cine a lo que ibas, ya sabes… je je.

Puntuación: 6 / 10

 

Letyat zhuravli (The Cranes are Flying) (1957) – Mikhail Kalatozov

Qué me he tragado: Cuando pasan las cigüeñas (1957) de Mikhail Kalatozov. Historia de una pareja, Boris y Verónica, que antes de comenzar a serlo ve cómo la guerra se interpone en sus planes. La película se centra en el drama de la muchacha y su convivencia con la familia de él.

Porqué: porque tenía que ver  más de Kalatozov y la compré por Amazon de oferta ya que era difícil de localizar por otras vías.

Qué tal digestión hice: holística (por decir algo diferente). Cuando Kalatozov comenzó con sus filmes propagandísticos se podía atisbar a un director de régimen, provinciano (Georgia), en medio de un caos de deportaciones masivas. Estamos hablando de 1930 y de su obra Sal para Svanetia, un filme análogo a lo que ya hiciera Buñuel en las Hurdes 3 años después, y muy recomendable (buscar en Youtube). De ahí, poco a poco, surgiría un creador metido en política y con una ambivalencia moral digna de película: ser parte del estalinismo y llegar a estar por encima de él. En los 50 adquiere estatus de estrella y ya dentro de Mosfilm rodaría esta obra maestra seña de identidad soviética de un nuevo modo de hacer cine. Junto a su cámara, Urusevski, comienza a trabajar el formalismo visual y de eso salen planos grandiosos y travellings imposibles. Y ello, unido al hecho de afrontar la historia de la guerra centrándose en el drama personal y no en el propaganda fide de la dictadura, convierten a esta, en principio, reaccionaria cinta, en un artefacto de muchas caras. Todo se perfila pero nada se dibuja: desde la elipsis del protagonista que desaparece al irse a la guerra, la obcecación y maldad del hermano, la muerte de las esperanzas de la chica, hasta la adaptación y la culpa implícita. Quizá en todo ello juegue un papel fundamental la muchacha (Tatyana Samojlova), que lo borda con una interpretación indescriptible. Con todo, Kalatozov ganaría Cannes al año siguiente y sería encumbrado para los restos, pudiendo ya entonces tener el poder necesario para la gestión de esa monstruosa obra maestra llamada Soy Cuba, un par de años después.

Qué hubiera dicho mi madre: me quedo sin palabras. Vaya final. Me gustó, sí… Lo único, si tengo que ponerle un pero es que a veces es muy, no sé, artificial, muy teatral. No sé si es por cómo enfoca a veces la cámara o por las caras y las reacciones de los actores. Pero vamos, que es preciosa de ver.

Puntuación: 9 / 10

 

The artist (2011) – Michael Hazanavicius

Qué me tragué: The artist (2011) de Michel Hazanavicius. Auge y caída de una estrella de cine mudo, George Valentin, que ve como la transición al sonoro le aboca al olvido sino se adapta a la evolución de la tecnología.

Porqué: porque es uno de los estrenos más esperados de este año que casi toca ya a su fin y porque la historia es muy sugerente.

Qué tal digestión hice: enorme y muy emotiva. Es una película muda hecha en el año 2011. Qué se puede esperar de esta idea… Pues una vuelta de tuerca a un género que quedó abandonado. Ocurre que la cinta tiene todas las piezas del género: transiciones, música de acompañamiento, montaje, caricaturizaciones o grotesque en muchas escenas para hacerlas comprensibles sin necesidad de recurrir a los diálogos, estereotipos… Pero, lamentablemente, no es una obra de Lang o de Murnau. Lo que aquí se añade es el juego, la travesura: por el metacine que se muestra y por el que no. A veces es explícito cómo el personaje (un actor trasunto de Rodolfo Valentino) se mueve en su ámbito, hace películas, las estrena, se enamora, etc. Otras veces es el recurso lo que propicia el juego: un sueño del protagonista donde se sueña incapaz de hablar (pese a que nunca habla) pero donde el mundo “suena” (en una escena hermosa el protagonista aprecia por primera vez cómo las cosas hacen ruido a su alrededor, desde el vaso que se posa en la encimera al perro que ladra). O la redención mediante el baile, un tropo clásico en el cine mudo musical aquí recuperado. Así con ello el director, el desconocido hacedor de la saga de espías OSS 117, demuestra que sabe aplicar conceptos actuales al cine años 20 con elegancia y entone. Es obvio hablando de esta película citar como referencia El crepúsculo de los dioses (Wilder, 1950) pero la diferencia es que aquí se pretende mostrar todo el proceso y hacerlo sin retrospectiva, es decir, con la vivencia del protagonista, el espectador siente la experiencia del cine mudo y los años 20, restando también la acritud de la obra de Wilder. Por eso es brillante el guión, por la simpleza que transmite la historia y la complejidad estructural que subyace (y no basta quedarse con la argucia de lo “meta”). Pienso en si existe alguna película de la época que reflexione sobre el proceso cinematográfico y no tengo referencias hasta los 60 con los franceses y Fellini.

Los actores están soberbios. Dos desconocidos: él, Valentin, interpretado por Jean Dujardin –ganador del galardón de Cannes este año a Mejor actor; y ella, Berenice Bejo, con espectaculares sonrisas, frescura y alegres contoneos. Es digna de resaltar también la figura del perro amigo del protagonista. Vale que meter animales sea un cliché y facilite muchas transiciones ayudándose del gag, pero aquí el perro adquiere un rol casi humano al presentarlo como una especie de ángel guardián que lo salva en repetidas ocasiones: de sí mismo, de morir quemado.

Es, en resumen, una obra grandiosa. De lo mejor que he visto este año, tanto por sí misma como en comparación al resto de películas en cartel que han logrado premios y menciones.

Qué hubiera dicho mi madre: es la película más tierna que me has puesto en mucho tiempo. Me ha gustado mucho. Es algo tontorrona y un poco rara, porque mira que hacer una peli muda ahora, que todo el mundo está liado con el 3D y cosas así de modernas… Pero bien, muy bonita y muy alegre, todo un respiro.

Puntuación: 9 / 10

 

Portrait of Jennie (1948) – William Dieterle

Qué me tragué: Portrait of Jennie (1948) dirigida por William Dieterle. Un pintor que ha perdido la inspiración conoce a una niña mientras pasea por Central Park. Siente una extraña atracción y, tras tomarla como musa y pintarla de memoria, vuelve al lugar y la niña ya no está. Posteriormente, Jennie regresa a su vida pero habiendo crecido lo bastante como para que el pintor se enamore y algo inexplicable comience a suceder.

Porqué: porque había leído maravillas de la película.

Qué tal digestión hice: magistral. La historia comienza cuando David O. Selznick compra los derechos de la novela, una historia de ciencia ficción escrita por Robert Nathan en 1940. Selznick elige a Dieterle (el gran trabajador olvidado) para llevarla a cabo y aupar a Jennifer Jones como una nueva promesa. El protagonista elegido es Joseph Cotten y Dimitri Tiomkin es contratado para la banda sonora (una delicia, por cierto). Hay muchas peculiaridades. La cinta está coloreada con tonos azules, una extrañeza de los 40 y no tiene créditos iniciales. Los actores están tremendos, se comen la pantalla (es para mí el mejor papel de todo cuanto he visto de Cotten). Y la historia es un primor mezcla de cine clásico, cuento y un halo de misterio nuevo que te sumerge en la búsqueda de respuestas. Al final te preguntas si hay algo más original (de origen) que eso.

Qué hubiera dicho mi madre: está bien. Es bonita, pero algo ñoña, no sé… Igual es que yo soy muy moderna y me gustan otras cosas…

Puntuación: 9 / 10

Guest (2010) – José Luis Guerín

Qué me tragué: Guest (2010) de José Luis Guerín. Documental del realizador catalán tras el pack basado en la película En la ciudad de Sylvia (2007). Está basado en grabaciones del propio director en varias ciudades del mundo donde asiste como invitado a festivales de cine. La cinta comienza en la Mostra de 2007 y termina en la Mostra del siguiente año. Anecdóticamente, Guerín presentó la cinta en la Mostra de 2010.

Por qué: porque había leído cosas muy bellas sobre la película y el talento de Guerín es innegable.
Qué tal digestión hice: es de esas películas que uno recuerda como un buen poema. Se trata de un documental muy personal. Todo está rodado cámara en mano, como si de un shoot’em up se tratara. A veces la voz de Guerín pone el tono pero en otras ocasiones es el juego de sombras o las mismas caras de la gente lo que convierte una cosa nimia en un gran momento lírico. Aparecen imágenes de personas anónimas, gente con ganas de hablar. Y aparece un creador con muchas ganas de escuchar. Guerín pregunta en Sudamérica, en Macao y en Venecia. Pregunta por lo banal y graba las respuestas como excusa para detallar unas manos, unos gestos, unas arrugas. Los referentes podrían decirse que son Los espigadores y la espigadora (Varda, 2000), el último Goddard o el Chris Marker de Sans Soleil.

Qué hubiera dicho mi madre: mira… me parece curioso ver cómo está el mundo pero, ¿no te parece un poco rollo? Yo creo que es lentorra…
Puntuación: 9 / 10

Die Nibelungen: Siegfried Tod (Die Nibelungen – Teil I) (1924) – Fritz Lang

Qué me tragué: Los nibelungos I: La muerte de Sigfrido (1924) de Fritz Lang. Es la adaptación cinematográfica de la gran obra germánica. En esta primera parte (son dos) se narran las peripecias de Sigfrido, una vez forja su espada y se encamina a conquistar el amor de Krimilda para lo cual habrá de matar a un dragón.

Por qué: pues porque se trata de una superproducción de la UFA dirigida por Fritz Lang, el maestro.

Qué tal digestión hice: Impresionante. Viendo esta película se entiende fácilmente desde la iconografía tolkeniana hasta el modo en el que termina el expresionismo alemán posiblemente influido por las grandes producciones yanquis como Intolerancia o El nacimiento de una nación. El uso de decorados, la caracterización de secundarios o el montaje lineal, pero con un simbolismo y un dinamismo geniales, hacen que te sumerjas en la historia como si se tratase de una película de Michael Bay.

Qué diría mi madre: que conste que he aguantao sin dormirme, lo primero. Y eso ya es mucho. Me ha parecido simpática. Es la típica historia de cuento de hadas. Y lo del dragón me ha encantao… ¡Cómo movía la cabecica, eh!

Puntuación: 9/10

 

Invasion of the body snatchers (1956) – Don Siegel

Qué me tragué: La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) de Don Siegel. En un pequeño pueblo californiano donde todos se conocen, la gente comienza a comportarse de una forma cada vez más extraña. Los cadáveres desaparecen y el protagonista y su seducida amiga se verán envueltos en una persecución en busca de la verdad.

Por qué: Porque es uno de esos hitos del cine negro, de la serie B y de los grandes clásicos que no podía perderme.

Qué tal digestión hice: Breve pero entretenida. Hoy en día, con la de vueltas, revueltas y remakes que ha sufrido esta película, el original queda un poco deslucido y hasta chanante – pese a que todos sus sucesores, La invasión de los ultracuerpos, la olvidable tv-movie Invasion y la pésima Invasion con Nicole Kidman, han sido francamente decepcionantes, amén de aportar nada a la película inicial. Sin embargo, si nos sustraemos a la época en que se estrenó, supongo que debió tener un gran éxito ya que en sus ochenta minutos justos le da tiempo a plantear un guión sin sorpresas pero perfecto formalmente que reviste una crítica de la guerra fría y del espionaje de terror puro y ciencia-ficción. Especial atención a las vainas espaciales que, pese a contener réplicas de seres humanos, parecen ser ligeras y livianas como cartón piedra.

Qué hubiera dicho mi madre: ¿Otra de tus antigüallas? Esta me da más risa que miedo, me recuerda al pueblo de los malditos.

Puntuación: 7 / 10

Bedlam (1946) – Mark Robson

Qué me tragué: Bedlam (1946) de Mark Robson. Estamos en el siglo XVIII. Una joven de la alta sociedad londinense (Anna Lee) descubre junto a su lord y “amigo” un manicomio al cual acuden los poderosos, previo pago, para contemplar a los locos y echarse unas risas. Aunque inicialmente quiere mostrarse frívola, su compasión por esas personas acabará arrastrándola, en una lucha de intereses con el “boticario” del centro, el Sr. Sims (Boris Karloff), a terminar a la fuerza dentro del lugar.

Porqué: porque no era demasiado cara en FNAC, era una buena edición, salía Boris Karloff y la temática sonaba interesante.

Qué tal digestión hice: Buena. Sin tratarse de una obra maestra ni mucho menos, se tiene una película sobria de hora y cuarto, que se deja ver magníficamente. La historia no es más que un duelo entre una joven soñadora e idealista que da rienda suelta a su compasión, y un envejecido hombre sin escrúpulos que ha hecho todo lo posible durante su vida para ganar dinero. En ése duelo, el objeto de lucha son los locos de un famoso psiquiátrico del centro de Londres (Bedlam, St Mary of Bethlehem), y es también ésa la razón de ser de la tensión del filme. Podría decirse que no hay un gran desmadre de géneros, que no se puede enfocar al suspense, al drama o al thriller (si bien sería éste el género más propicio). Lo que se tiene es un batiburrillo curioso, y muy logrado, de situaciones. Un comienzo con un muerto que huye del manicomio, situación ésta que va perdiendo fuerza a medida que la trama se centra en la lucha moral. Un desarrollo en el que simplemente el malo, más hábil aquí que la buena, va ganándose las simpatías del poderoso hasta conseguir su fin. Y un desenlace bonachón, aunque con un toque de mala uva. Por un lado la picardía oculta del cuáquero y por otro, el rollo Freaks (Browning, 1932) de “One of us! One of us!” sólo que aquí un paso más allá (los locos juzgan, sentencian justamente, padecen lo fortuito y ponen remedio). Es encomiable el trabajo de Val Lewton como productor en el que sería su último filme para la RKO pocos años antes de su muerte. Indicar además que Karloff, ya cansado de las versiones de Frankenstein, encontró en este hombre su tabla de salvación. Y añadir también para finalizar dos cosas: Boris Karloff lo hace muy bien en esta película. Tiene un papel muy físico, que desarrolla de un modo pretendidamente teatral, lo que le otorga un aire de grandilocuencia muy al estilo de la época. Y por otra parte diré que Boris Karloff se parecía un huevo a Jeremy Irons.

Qué hubiera dicho mi madre: Me ha gustao, sí. No es que sea una maravilla, pero no está mal. Ahora, que lo que no entiendo son las tontadas que dice el pánfilo ése… [¿el cuáquero, madre?]… Sí, eso, lo que sea. Por cierto, ¿qué narices es un cuáquero?

Puntuación: 7.5/10

Winter Soldier (1972) – VVAW

Qué me tragué: Winter soldier (1972) de VVAW (Vietnam Veterans Against the War). Testimonios de soldados que, tras volver de Vietnam, se unen en un acto para contar sus experiencias sobre las atrocidades que allí acontecieron.

Porqué: porque la ponían en la Filmoteca de Madrid en un pase especial de Reencuentros Internacionales.

Qué tal digestión hice: Buena. La operación Winter Soldier es una investigación que se llevó a cabo para determinar los abusos por parte de los soldados americanos a la población vietnamita durante el conflicto bélico en el país asiático. Es un documental muy duro por las cosas que cuenta (apenas hay imágenes de la guerra). Son declaraciones ante un micrófono de soldados de bajo rango (a lo sumo tenientes) que volvieron de Vietnam y recapacitaron sobre las torturas y asesinatos que allí presenciaron (llevaron a cabo ellos mismos). En muchas de las declaraciones surgen las lágrimas porque el dolor es reciente y la emoción, grupal, aunque en general mantienen el tipo aún narrando auténticas atrocidades. Las dramáticas historias surgen de las gargantas quebradas de los protagonistas sobre mujeres violadas y niños lapidados. Y una idea que queda clara: Todo amarillo muerto era del vietcong (tanto si lo era como si no). Resumiendo, un documental más que necesario para entender la atrocidad de la guerra moderna, los orígenes del odio global y la ignorancia como motor del miedo. Y no sólo es un asunto que se circunscribe a la guerra de Vietnam; este es un documental que podría ser de total actualidad situándolo en Abu Graib lo cual nos induce a pensar que la historia se repite y no por ser de mayor calado mediático ha de ser más violento.
Me quedo con la reflexión de un joven veterano que cuenta cómo una señora se encaró con él cuando regresó y su opinión era diferente. Le dijo: ¿No se te cae la cara de vergüenza por lo que hiciste? / El tipo dice que respondió: Mire señora, cuando yo fui enviado a la guerra tenía 19 años y me habían lavado el cerebro. Usted tenía 37 y eligió con su voto a quienes me enviaron a mí a Vietnam, ¿quién es más responsable?

Qué hubiera dicho mi madre: Se quitan un poco de responsabilidad, ¿no? ¿Cómo es que no se enteraban de lo que hacían? ¿Les parecía bien matar a un niño y reírse? Es que esta gente no sé que se piensa de la vida…

Puntuación: 8/10