Tree of life (2011) – Terrence Malick

Qué me tragué: El árbol de la vida (2011), de Terrence Malick. Historia de un matrimonio y sus tres hijos, de cómo vienen al mundo y son educados por una madre bondadosa (Chastain) y un padre muy severo (Pitt). La narración se complementa con imágenes de la creación del mundo desde el Big Bang y de la muerte del Sol.

Porqué: porque he pasado por un cine-estudio de una galaxia muy, muy lejana y aquí ya la han estrenado. No podía resistirme.

Qué tal digestión hice: soberbia. Las opiniones son extrañas y dispares. Uno puede leer algo así como que esto es mitad mierda mitad obra maestra. Ocurre lo siguiente: no es una película al uso. La narración es débil en el sentido clásico. Hay mucho metraje en el que lo único que el espectador observa son imágenes recreadas de galaxias, estrellas, planetas, volcanes, dinosaurios, etcétera. Y contar algo que “ha pasado” entra, desde muchos prismas, dentro del documental. De ahí la crítica negativa que muchos hacen. Tras más de media hora de ópera y embobamiento (maravilloso todo), comienza a atisbarse la historia “humana”. La historia de cómo el Big Bang del nacimiento evoluciona hacia la infancia, los sucesos que en ella se dan, los descubrimientos. Aquí el clasicismo alcanza cotas de obra maestra (por lo sutil y hermoso). Y en ése mundo de creación que es la infancia, aparecen las figuras claves: el Padre, encarnación de la Naturaleza (la lucha por la supervivencia) y la Madre, símbolo de la Gracia, la mística del amor y la bondad. Con esa lucha de poder, Malick entra de lleno en el terreno más farragoso: la alegoría. Y encauza lo alegórico a través de lo religioso, del sentimiento mágico (y en extensión reglado y dogmático) de la vida. Introduce la culpa, el castigo, la redención del amor y termina (aquí quizá más burdamente, por abrupto), con la llegada de la muerte. Sean Penn ejerce de hijo (el protagonista) ya adulto, sin apenas texto y poniendo cara de bobo, dándonos a entender el vacío existencial que supone la madurez. Esa es la parte que no queda clara del todo, la de cómo el niño, sus descubrimientos, miedos y rebeldías, se convierte en un ser hueco que no entiende nada. Cuando uno ve la peli entiende el enfado del actor con Malick pues, como ya ocurriera en La delgada línea roja (1994), los minutos en los que aparece Penn no llegan a 5. El final (la muerte) se apoya en demasiada simbología: una playa, evocaciones, un sol moribundo, un eclipse y más voz en off (la Madre, obviamente). Visualmente es impagable. Malick alcanza aquí una soberbia visual y una grandilocuencia tales que dan asco. Qué planos, qué travellings. Todo es tan majestuoso que quizá peque de frío, pese al esfuerzo por mostrar detalles (manos, sombras, gestos). En resumen: una obra maestra dirigida a los que aprecian la poesía y tienen la paciencia que requiere este tipo de cine.

Qué hubiera dicho mi madre: es todo muy… No sé… Como que no me lo creo… Lo de los críos y tantas vueltas con la cámara y la voz ésa que habla pa no decir ná. Además, el rollo de las estrellas y todo eso, es larguísimo y no entiendo a qué viene.

Puntuación: 9.5 / 10

 

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